Alados: Renacer Oscuro

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Prólogo


   Diego los esperaba en el lugar donde se habían citado aunque no estaba solo, alguno de sus hombres le acompañaban. Los apresó y obligó a ir a su castillo.
   Una vez allí, les preguntó si habían tomado la decisión de unirse a ellos o por el contrario se convertirían en sus enemigos. Ambos se miraron sin saber qué contestar, sabedores del peligro que les ocasionaría mentir a su amo.
   Altair, de forma protectora abrazó a su mujer en un acto inútil de protegerla de lo que estaba por llegar. Ella todavía no había despertado, le faltaban unos días para cumplir los dieciséis pero él no había perdido los recuerdos.
   Diego les exigía la verdad a gritos, pues uno de los suyos le había informado que se habían unido de forma ilícita, a espaldas de su amo y señor. Estaba furioso y en alguna ocasión estuvo tentado de golpear a la hermosa mujer que tenía frente a él.
   Ella, en un acto reflejo por protegerse se tapó la cara con las manos temblorosas, lo que hizo que Altair diese un paso al frente para protegerla con su propio cuerpo, escudándola.
   Ese gesto de valentía no pasó desapercibido por su amo y sabía que no sería perdonado.
   Los hombres, tras una señal de su superior lo apresaron y le ataron las manos a la espalda para posteriormente amarrarlas a una de las columnas que sostenían el techo de la gran sala. Él trató de pelear, de soltarse pero todo fue en vano. En ese mundo que había decidido habitar, no era tan fuerte como en el suyo propio.
   No soportaba ver el miedo en los ojos de su amada, le desgarraba el alma e impotente y maldiciendo su condición humana, cerró los ojos para evitar verla sufrir.
   Diego con una malévola sonrisa que desdibujaba su rostro, se acercó a ella y rasgándole el vestido le dejó el hombro y el pecho al descubierto. Acto seguido, puso sobre la delicada piel el anillo con su escudo, grabando a fuego su delicada piel. Dejando claro que ella le pertenecía al igual que las tierras, los árboles o los animales que habitaban su tierra, él era el amo y señor de todos ellos.
   Tras el grito desgarrador que liberaron sus labios por el dolor de la quemadura, Altair abrió los ojos y aquellos hombres le obligaron a mirar las atrocidades que cometían contra su esposa. Observaba frustrado y roto por el dolor como uno tras otro la violaban.
   Los cuatro la poseyeron una y otra vez, turnándose. La dejaron destrozada.
   Sabía que ella iba a morir, no podía casi respirar. Notaba como su pecho subía y bajaba con premura buscando el aire que no llegaba. Sus piernas sangraban sin parar. Deseaba morir, anhelaba no haber caído en la tentación, no haber perdido su fuerza poderosa por estar con ella, ahora pagaba su desobediencia a su Padre.
   Aún recordaba como su hermano Balthazar se había revelado contra su padre, deseaba ser el amo y señor de este mundo humano, anhelaba divertirse con los frágiles humanos; su única valía la ocultaban en sus almas y era valioso porque era una parte de Samuel.
   Samuel le dio un ultimátum a su hijo: acatar sus órdenes o partir para crear un hogar propio.
   Al principio, Balthazar dudó aunque no estaba dispuesto a ceder y orgulloso giró sobre sí mismo; confundido pero seguro que no deseaba seguir bajo el yugo asfixiante de un padre que prefería a seres frágiles y perecederos por encima de ellos, así que tomo la decisión de marchase.
   Balthazar se encontraba sumergido en el odio y rencor hacia los que decían llamarse su familia.
   En ese instante la sintió por primera vez.
   Una sensación extraña y poderosa que le llenaba y corría por las venas libre y salvajemente, una percepción que le hacía tener la garganta áspera y la boca seca como si estuviese sediento. Un sabor acre y metálico que se instalaría en sus labios y no lo abandonaría jamás.
   Esa fue la primera vez que él la notó, la sed de sangre, de venganza.
   Una sed que no conseguiría apagar de ningún modo. Aquel sentimiento apresó su cuerpo y su alma para no abandonarlo jamás.
   Su corazón cambió. Ya no era la dulce morada de la compasión y el amor. Era el hogar oscuro y tenebroso del odio.
   Sus alas se desplegaron con un fuerte estallido. Ya no relucían puras y blancas, se habían vuelto oscuras como sus sentimientos, como las sombras, como la maldad que le corrompía por dentro. Tan oscuras como el crepúsculo. Su alma había dejado de ser luminosa y parecía un agujero negro que lo absorbía todo a su paso.
   Su brillante y rubio cabello, se mezcló con la oscuridad y la rabia, convirtiéndose en un rojo y ardiente fuego.
   Ya no era un Alado normal, se había convertido en un Alas Negras. El primero.
   Laya miraba a Altair, tratando de encontrar la fuerza que ella sentía que la abandonada irremediablemente; un puño metálico y poderoso le aprisionaba dejándola sin aliento y sin fuerzas. Necesitaba hallar en sus profundos ojos azules algo de compasión.
   Sin embargo, lo que descubrió en su mirada fue impotencia. Después de haber visto como la utilizaban una y otra vez durante horas sin descanso, su mirada había perdido brillo y fuerza.
   Se había rendido y eso le dolió porque ella a pesar de ser una frágil mujer, que no tenía nada que hacer en un tiempo donde los que gobernaban eran los hombres y la mujer no tenía valor alguno, no se había rendido.
   Sentía su menudo cuerpo húmedo y pegajoso, lleno de sangre, saliva y semen de todos ellos.
   En ese instante se odió, por ser una indefensa y miserable mujer que dejaba que le arrebataran lo único que poseía, su dignidad.
   Cuándo se cansaron de usar su cuerpo, desataron a Altair y lo colocaron junto a Laya que trató de alargar la mano y acariciarle. Pero sus brazos delgados estaban tan magullados que fue incapaz de sacar la fuerza necesaria para llevar a cabo esa hazaña apoteósica.
   Altair le negaba su mirada límpida. Laya confundida, pensó que tal vez no la miraba para evitar que le hicieran más daño o quizás... la culpaba a ella.
   Diego, se acercó a él mientras se apretaba el cinturón sobre las calzas. Ordenó a sus hombres que lo levantaran y lo sostuvieran por los brazos.
   —¡Mírala! —le gritó con el tono que emplean los que poseen el poder.
   Él se negó a hacerlo. Diego le apresó la cara con fuerza y le obligó a mirarla una vez más. Sus miradas se cruzaron un breve segundo y Laya pudo sentir y ver el dolor que reflejaban sus ojos y su rostro descompuesto.
   Ella trató de hablarle con la mirada, para hacerle llegar todo el amor que sentía por él. Estaba segura, que aquella situación terminaría con sus jóvenes vidas.
   Mientras él la observaba horrorizado por como trataba de sobreponerse, Diego hundió una daga en su pecho e insatisfecho con su agonía, la arqueó una y otra vez con los ojos inyectados de un odio injustificado.
   Laya vio la sangre salir a borbotones del pecho agujereado de Altair y de esa forma tan cruel, desangrándose como si de un animal se tratase, mientras le obligaban a ver como la muerte se iba apoderando del cuerpo de Laya deshecho por el dolor, murió.
   Se desplomó y su último aliento de vida lo expulsó sobre el charco que se había formado a su alrededor con su propia sangre.
   Levantaron del suelo a Laya arrastrándola hasta lanzarla sobre la dura madera de una carreta. Ella no era consciente de dónde estaba, tan solo sentía el relente de la noche fría sobre su piel húmeda. Unos pies la golpearon hasta hacerla rodar y tirarla sobre el duro suelo terroso.
   La dejaron allí, en medio de ningún sitio, sangrando malherida, deseando que la muerte apareciese pronto para dejar de sentir ese dolor inmenso que ahora mismo la consumía. No deseaba seguir viviendo, le habían arrebatado a su mitad, se lo había quitado a él.
   Samuel miraba impasible lo que le sucedía, había visto la esencia de su hijo Altair abandonar el cuerpo terrenal que había elegido en esta vida. Esperaba impaciente por ver lo que sucedería con la esencia de Laya; podía verla cambiar, observaba crecer la semilla del odio y la necesidad de venganza enraizando rápidamente y con fuerza en su alma que se arremolinaba esperando el final.
   Balthazar apareció entre tinieblas. Samuel se tensó, intuía los pasos que iba a seguir pero estaba decidido a no intervenir.
   Sabía que él le ofrecería un pacto y solo le quedaba rezar para que Laya se negase.
   Pero la suerte no estaba de parte de Samuel y ella claudicó. El odio y el dolor eran demasiado grandes como para rechazar la oferta de Balthazar.
   Altair, al averiguar que todo había sido orquestado por Balthazar, desgarró el tiempo con un alarido aterrador que nunca se borraría de la mente de Samuel.
   En ese preciso instante, supo que la guerra que tanto había tratado de evitar, la guerra entre Alas Negras y Alas Blancas, se volvería a partir de ese instante más sangrienta.
   Una batalla que finalizaría con la extinción de uno u otro bando. Una guerra entre sus hijos en la que los humanos se verían atrapados como meros espectadores, sin otra cosa que hacer salvo tratar de resistir...