Alados: Renacer Oscuro

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Capí­tulos 1 y 2

Capítulo 1

       El gran temido día llegó.
  Después de bombardearlos continuamente durante décadas, advirtiéndolos de la llegada del Apocalipsis o la extinción del mundo por invasión extraterrestre. De ser descrita en infinidad de libros páramos desolados por algún arma química que destruiría a la humanidad llenando el basto terreno de zombis... el primer libro de todos, la Biblia, guardaba en sus páginas la verdad sobre quiénes causarían la devastación de la tierra.
   Así un día, bajaron del Cielo y subieron de lo más profundo del Infierno los seres que ahora atemorizaban a la humanidad: los Alados.
   A Alma, nunca le gustó demasiado su nombre pero después de la invasión de los Alados, seres que se alimentaban de sus almas llenándose de sus esencias y dejando a cambio las suyas, lo odiaba. Sentía que su nombre era un neón luminoso que los incitaba y los llamaba a gritos y que ella no podía hacer nada más que esconderse, esperando que alguno de los buenos se molestase en salvarla y temiendo que alguno de los malos decidiese ir por ella y llevarse su humanidad tras él.
   Laya, su madre, siempre contaba la historia de cómo apareció el primero de ellos; el primer Alas Negras. Alma escuchaba embelesada sus relatos hasta que se dormía plácidamente entre sus brazos amorosos, cobijada en algún rincón oscuro bajo tierra dónde ellos no pudieran encontrarlas. Desde que su memoria era capaz de recordar siempre habían huido, sin descanso. Para su madre era de vital importancia lograr su objetivo, mantenerla con vida hasta que cumpliera los dieciséis años. Otro estereotipo más pues en todas las historias siempre ocurría algo a esa edad y ella se preguntaba si acaso su vida después de esa fecha crítica dejaría de tener valor.
   Nunca había visto a algún Alado y la verdad es que no recordaba cuándo fue la última vez que salió de la intrincada red de túneles subterráneos que su Clan había ido creando a lo largo de los tiempos. Incluso mucho antes de la llegada de los primeros Alados, los Visionarios buscaron refugio bajo tierra para permanecer a salvo. Eran capaces de vislumbrar retazos de sus vidas anteriores, imágenes de lo que estaba por venir y ver dentro de todos los seres, su luz, su esencia.
   Alma creía ser la excepción dado que no podía ver dentro de los demás, ni las visiones acudían a advertirla de los peligros como al resto del Clan; para ella sólo eran meras leyendas. Nunca había tenido la oportunidad de comprobar si existían realmente. No tenía permitido cuestionar lo que narraban los mayores. Pero desde la desaparición de su madre, sentía el deseo de salir de los túneles y buscarla por sus propios medios con más ahínco que nunca. Embriagada de una necesidad apremiante, un sentimiento que la empujaba hacia el exterior; no obstante siempre que se encontraba junto a la trampilla de salida que le procuraría el tan ansiado acceso hacia el exterior, el pánico la atenazaba por dentro. Unas garras invisibles tiraban de ella con fuerza, dejándola anclada al suelo sin poder moverse, respirar o pestañear, logrando que la necesidad de escapar quedase relegada al olvido.
   Los días pasaban mientras pensaba con tristeza cuánto echaba de menos a su madre. La necesitaba a su lado, estaba asustada y empezaba a creer que el fin de la raza humana realmente se acercaba.
   Armando el líder del Clan, siempre había estado enamorado de su madre aunque a Laya eso no parecía importarle. Siempre hablaba del padre de Alma con devoción, de cuánto se amaron y cómo fueron bendecidos con su nacimiento. No sabía nada más acerca de su padre. Laya le aseguraba que le contaría toda la historia llegado el momento, pero ese momento parecía haberse esfumado como el humo en el aire. ¿Quién se lo contaría si ella ya no estaba?
   Armando era un buen jefe que se preocupaba por todos y no permitía que ninguno sufriera daño alguno, además se preocupaba de ocultarlos de los Alas Negras y sobre todo de esconder a Alma. Algo que ella achacaba a su parecido físico más que evidente con su madre. El mismo pelo oscuro e idénticos ojos verdes, hacían que tanto él como el resto del pueblo la tratasen de una forma especial. A pesar de todo, las diferencias terminaban ahí pues Laya era algo más baja y fuerte que Alma. Además, su madre parecía poseer una calma que la adolescente carecía.
   Últimamente, las frías lágrimas empapaban las mejillas de Alma con demasiada frecuencia, cada vez que pensaba en su madre y en el calor que le brindaba, algo que anhelaba sin descanso. Desde su desaparición se sentía sola, fría y vacía.
   El Clan vivía en una pequeña extensión de tierra fértil descubierta de casualidad mientras construían más túneles de escape. De alguna forma que desconocían, la cavidad creaba un pequeño ecosistema. Contaban con un pozo de agua potable y las plantas lograban crecer gracias a la tenue luz que de alguna forma se colaba por los poros de las rocas dotando a las paredes de colores rojizos y dorados. El hábitat los abastecía con todo lo necesario, exceptuando la libertad o así lo sentía ella. Muchas noches cuando todos dormían y era incapaz de conciliar el sueño, se levantaba a vagabundear. En ocasiones había sorprendido a Armando con algunos de los chicos en reuniones secretas hablando sobre lo que sucedía en el exterior.
   Sus protectores, los Alas Blancas, iban perdiendo la batalla. Cada vez eran menos poderosos y contaban con menos guerreros entre sus filas. Balthazar iba en cabeza con una gran ventaja y los Alas Blancas se debilitaban cada vez más, ante la escasez de humanos que después de todo, solo eran unos peones que estorbaban en la lucha por conquistar el mundo terrenal. Su universo se había quedado pequeño y al parecer, necesitaban más. Alma no entendía muy bien el significado de poder pero no dejaba de preguntarse qué tendría para enloquecer a la gente de esa manera con tal de poseerlo.
   En el campamento, no eran muchos y algunos de los que se habían arriesgado a subir para proteger a los demás, no habían regresado jamás. Durante las huidas habían ido creciendo como clan. Personas de todas las nacionalidades, razas, color y religión, vivían juntas y en armonía como una gran familia. Ahora contaban con algo tangible en lo que creer, algo que los había unido y provocado que dejaran todo lo demás a un lado: lo único que tenía importancia era sobrevivir.
   Casi todos los que estaban conviviendo bajo tierra poseían el don de la visión, algo preocupante para Alma, aunque su madre siempre le decía que su habilidad estaba oculta y que se desvelaría a su debido tiempo. Pero Alma lo dudaba. Los supervivientes habían logrado subsistir gracias a ese don y habían mantenido a salvo a todos los que les había sido posible. Mayko siempre contaba cómo había huido desde Japón buscando un refugio antes del primer ataque.
   —Corría desesperada, mi primera visión surgió de noche, era tan real... Podía ver sus almas oscuras, al igual que sus ropas y su cabello. Majestuosos con sus alas extendidas, habían llegado para quedarse, para regalar a la humanidad un último abrazo, un último aliento que se llevarían con su beso mortal mientras permanecían arropados por sus alas.—La voz de Mayko suave y dulce sonaba rota mientras lo recordaba, con sus enormes y rasgados ojos negros bañados en lágrimas. —Salí a toda prisa, gritando, advirtiendo de su llegada inminente. Nadie lo creyó. Todos me miraban, gritando que estaba loca y riendo de forma estrepitosa. Sentí que me hundía en la desesperación, sabiendo que todos perecerían por no creer lo que estaba por venir.
   —Era lógico —la consolaba Armando con su ceño siempre fruncido —en el mundo en el que vivíamos, había demasiada información, entretenimiento y sobre todo era un mundo escéptico. Era razonable que nadie escuchara a los Visionarios.
   Fue una misión delirante pretender que la humanidad creyese en algo que ellos no eran capaces de ver, imaginar o sentir. Sin embargo, se hizo realidad. Muchas noches, se reunían alrededor de una gran fogata mientras Armando narraba historias sobre cómo empezó todo. Trataba de enseñarles todo lo que sabía, para que estuvieran prevenidos por si alguna vez tuvieran que enfrentarse por separado al mundo externo.
   A Alma le encantaban las historias que relataba, hacía que se transportara a otros mundos, otras épocas dónde todo parecía mágico e inventado. Pero cuando la historia acababa y miraba el espacio que ocupaba siempre su madre y lo encontraba vacío, la cruda realidad la abofeteaba y la transportaba de regreso a la realidad, esa en la que su madre estaba perdida y sola en el exterior.
   Armando siempre les explicaba que la faz de la tierra se había convertido en un lugar violento y peligroso. Los seres humanos, se habían transformado por la esencia de la maldad, en seres sin razón que se atacaban mutuamente; las violaciones, asesinatos, robos y todas las aberraciones imaginables, eran ahora la tónica general que movía al mundo.
   Alma era consciente de que Armando de vez en cuando organizaba partidas de búsqueda con los guerreros más cualificados para encontrar a Laya y aunque no obtenía resultados, no cejaba en su empeño. Se lo ocultaba a Alma para no avivar su dolor y ella lo agradecía. Aun así, siempre que salían de alguna forma lo sabía. La misma intuición que le aseguraba que su madre permanecía viva en algún lugar.
   Los humanos que conservaban su buena esencia escaseaban y eran custodiados por los propios Alas Blancas que trataban por todos los medios mantenerlos a salvo de las garras de los Alas Negras y luego estaban ellos, el Clan. Lo más parecido que quedaba a la raza humana. Después de todo, el Apocalipsis había llegado aunque de una forma diferente: con forma humana, alas y una belleza hipnotizadora.
   David el hijo de Armando, de vez en cuando les regalaba noticias sobre el exterior; él era uno de los privilegiados a los que se le permitía salir de los túneles.
   —No puedes hacerte una idea Alma, de lo desolador que es el mundo ahí arriba, sobre todo de noche cuando los malditos Alas Negras pueden salir con total libertad. — Susurraba para que nadie los oyese y su voz se tornaba ronca al impregnarse del odio que sentía hacia ellos. —Durante el día, los pocos humanos decentes que sobreviven, tratan de hallar un nuevo escondite para la noche.
   —¿Por qué no se refugian aquí con nosotros?
   —No todos confían en que vivir entre túneles sea seguro.
   —¿Cómo son David? —preguntaba curiosa.
   —Los Alas Blancas tienen todos el color del pelo y los ojos amarillos como el sol y los Alas Negras, tienen el cabello negro como la noche al igual que los ojos. Esa es una de las formas de saber a qué bando pertenecen. Todos son de aspecto juvenil, casi aniñado y muy hermosos, tanto los varones como las hembras y es fácil dejarse seducir por ellos. —Contestaba David, mientras la arropaba con un abrazo protector para tratar de evitar un daño que aún no estaba causado.
   Alma escuchaba embelesada sus historias, disfrutaba mientras las oía. A pesar de no tener otra elección que creerlo; necesitaba verlo con sus propios ojos para saber si realmente era cierto. Algo absurdo pues cada poro de su piel gritaba que era verdad, pero deseaba tanto verlos...
   David también poseía el don de la visión. Era capaz de recordar el pasado aún sin haberlo vivido y le gustaba soñar con lo que estaba por venir.
   —Me asusta no poseer el don como vosotros. Soy la única a la que aún no le ha llegado. —Confesaba a veces, cuando hablaban en la intimidad y se dejaba seducir por su sonrisa sincera y sus ojos marrones.
   —Alma tú eres única y especial... —decía siempre sonriendo y haciendo que su corazón quedase suspendido del tiempo colgado de su mirada.
   Estaba loca por David. Era fuerte, guapo, agradable y uno de los pocos chicos de su edad que conocía.
   En el campamento, vivían unos cincuenta visionarios. Cada uno tenía su cometido dependiendo de su rango o habilidades. No todo era cultivar el pequeño terreno que poseían o cuidar de los escasos animales que habían logrado rescatar. También les enseñaban a luchar. A defenderse de los Despojos. Así, denominaban a los humanos que se habían sumido en las oscuridades del abismo, los que se habían transformado en seres ruines y bélicos. Los llamaban de esa manera porque en ellos no quedaba rastro de humanidad, a pesar de tener una apariencia física casi humana.
   Su piel describía sequedad al igual que el terreno cuarteado por la sequía. Sus ojos habían perdido el color convirtiéndose en dos agujeros negros. Sus colmillos eran afilados, para desgarrar la carne de sus presas como los carroñeros que eran. Seres perdidos entre las dos estirpes, la humana y la Alada. Se alimentaban de cualquier cosa que tuviese vida sin importarles a que raza pertenecieran. Su mente, no concebía la diferencia entre el bien y el mal y se alimentaban del mismo mal que ellos creaban haciéndolos más peligrosos si cabía. Por eso era tan complicado luchar contra ellos si no se tenía el don de la visión; nunca sabías a ciencia cierta si el sujeto que venía hacia a ti, era amigo o enemigo hasta que era demasiado tarde. Los Despojos tenían una ventaja respecto a sus propios creadores, estos si podían salir a plena luz del día a buscar más víctimas.
   Los Alas Negras, al menos de momento, respetaban el antiguo pacto por el cual el día quedaba dividido entre ambos bandos. Los seres de la luz vigilaban a los humanos durante el día; los seres de la oscuridad ocultaban sus fechorías arropados por el suave manto de la noche. Todo estaba patas arribas, sin orden ni concierto.
   Aun así, una parte de Alma anhelaba salir. Ver que quedaba de la tierra, de su ciudad, tratar de hallar a su madre... Sin embargo, le asustaba lo que podría encontrarse fuera y tenía la certeza de que en los túneles, era donde estaba más segura.

Capítulo 2

   Los días, transcurrían monótonos para Alma,siempre con las mismas rutinas; levantarse, realizar las tareas asignadas para ese día, ir a clases de lucha... así, hasta que por fin llegaba la noche. Esa noche en concreto Alma tenía una cita con David y caminaba alterada de un lado a otro con las manos sudorosas.
   David había cumplido ya la mayoría de edad, así que era todo un hombre mientras que a ella aún le faltaban dos meses para los dieciséis años. Parecía mentira que ya hubiese pasado casi un año desde que su madre desapareció, de esa forma tan repentina y sin dejar pistas acerca de su paradero. Un día estaba celebrando feliz su decimoquinto cumpleaños y al otro, lloraba desconsolada la pérdida de su madre. Con la promesa de estar feliz, sólo pensaba en que había quedado con David y mientras se arreglaba a hurtadillas, se preguntaba sin cesar si ésa sería la noche en la que él la besaría al fin por primera vez. ¡Lo deseaba tanto!
   Le gustaría tenerle cerca, sentir su calor y su contacto. Muchas noches tumbada en su cama con los ojos cerrados, imaginaba situaciones diferentes con él, pensando en cómo se sentiría cuándo la besara y preocupada pensando en si sabría hacerlo bien. No dejaba de soñar con el lugar dónde sucedería; tal vez mientras estuviesen sentados en su piedra favorita o quizás de pie mientras la despedía en la puerta de la cueva...
   Tantas noches en vela perdida en sus profundos ojos color caramelo, saboreando caricias inventadas que aún no había experimentado, pero que deseaba que sucedieran con toda su alma. Anhelaba comprobar aunque solo fuese una vez, ese fuego del que oía hablar a sus amigas. Esa pasión que podría prender una mecha para alentar un fuego en el que deseabas consumirte y que te asustaba, porque daba la sensación de que ibas a caer del lado oscuro, como si besaras la boca del mismo diablo. Oyó el silbido, su señal.
   Salió a escondidas y corrió veloz a reunirse con él. Cuando se presentó en su punto de encuentro, pudo verlo sentado sobre la roca, mirando hacia la nada, tan solo oscuridad dentro de su mundo subterráneo.
   Se recreó un momento en su rostro perfecto y deseó ser una mujer hermosa y atractiva como las Alas Negras de las que hablaban sin cesar, en vez de una chiquilla inocente.
   Los guerreros, siempre contaban de ellas que poseían una belleza arrebatadora, tanto que hasta el más experimentado podía perder la cabeza con solo mirarlas un instante y en la cabeza sólo persistía la misma idea: poseerlas.
   Alma quería causar esa sensación en David. No tenía la intención de robarle su alma pero si deseaba que él sintiera que perdía la cabeza por ella.
   —Buenas noches... —susurró.
   Él se giró y la miró con sus ojos pardos oscurecidos por la noche.
   —Buenas noches, pequeña —susurró él a su vez.
   Siempre la llamaba así. De hecho todos la llamaban igual y a ella no le agradaba porque era la más pequeña del grupo y todos parecían empeñados en recordárselo. Pero cuando él lo decía nada más le importaba. Le gustaba, era como si en su boca esa palabra adquiriese otro significado diferente, mejor e íntimo.
   —¡No soy pequeña! —replicó sacándole la lengua —¿No te has dado cuenta? Pronto cumpliré los dieciséis.
   —Lo sé pequeña, lo sé. Aun así para mí, siempre serás esa niña pequeña y llorosa que llegó y se encargó de que todos la amaran.
   —No es cierto.
   —Lo es Alma. Todos aquí te quieren —musitó sonriendo.
   —Echo de menos a mi madre… —dijo de repente triste, porque era verdad. Ella seguro que entendería el cambio por el que estaba pasando.
   —Lo sé. Era muy buena en su trabajo.
   —No tanto... Al final la vencieron —su voz se rompió. La culpaba por dejar que la atraparan, por dejarla sola con todo lo que se avecinaba.
   —No pienses eso. Ella era la mejor y tú acabarás siéndolo —la animó.
   —Quiero salir de aquí.
    —No puedes.
   —Por favor David... —dijo acercándome aún más a él —necesito ver que hay fuera.
   —Solo muerte y destrucción. Nada que merezca la pena como para arriesgarse a caer en manos de esos malditos despojos o de esos sucios Alas Negras.
   —Sé que existe el riesgo aun así...
   —Lo siento pequeña no puedo. No voy a ayudarte en esa locura. Se lo prometí a tu madre y no voy a romper mi palabra.
   —¿Qué le prometiste?
   —Que te cuidaría siempre…
   El frío de la noche se cernió sobre ellos al igual que el silencio. Su vello se erizó y Alma se levantó de la suave piedra para observar el paraje que los rodeaba. Oscuridad, tan solo eso.
   David siguió el movimiento de ella con su cuerpo dejando su espalda abrigada con su pecho. Sus manos se apoderaron de su menudo torso arropándola con su calor.
   Alma notaba el musculoso pecho en su espalda, sus brazos fuertes y firmes frotaban los suyos para infundirles calor, escuchaba el latido de su corazón fuerte y su aliento cálido rozándole la nuca. Era extraño tenerle así tan cerca y no poder verle, mirarle a los ojos para saber si en ellos se ocultaba un hambre similar al suyo, la estaba volviendo loca. Podía escuchar su corazón golpear con fuerza dentro de su pecho, su respiración acelerada secaba su garganta tanto que podía incluso sentir dolor. Era ahora o nunca. Debía arriesgarse. No era algo bueno para ella seguir siempre soñando con David. Si no iba a ser posible que fuera suyo, mejor averiguarlo cuanto antes.
   Alma rotó y dejó que su rostro mirase al suyo. Sus ojos color caramelo se oscurecieron pero no por la noche sino por un sentimiento diferente, uno familiar. Miraba su boca y no era capaz de dejar de desearla, su abrazo se intensificaba y la agarraba con más fuerza, casi hasta el límite del dolor, pero no le importaba. Podía percibir lo que sucedería. Su boca se fundiría con la suya. Lo deseaba. Y él también.
   David abrazaba a Alma con firmeza. Tenerla tan cerca y ver ese anhelo en su mirada era superior a sus fuerzas. Solo deseaba estrecharla y besarla sin parar. Pero debía tratar de evitarlo, lo había prometido.
   El estómago de Alma estaba del revés, el corazón latía veloz como si se tratara de una bomba a punto de explosionar. Sabía lo que le esperaba y estaba preparada. Levantó la cabeza ofreciéndose. Dejándole claro que le deseaba, que era algo mutuo.
   David dudaba, aunque su boca avanzó. Pero se detuvo apoyando su frente sudorosa en la de ella helada. Con los ojos entrecerrados, respirando con dificultad.
   —Lo siento Alma, no puedo.
 —¿No puedes o no quieres? —su voz sonaba herida. Se sentía rechazada.
   —¡Sí lo deseo! Lo deseo desde que te vi por primera vez, pero no debo. No puedo. Alma, ¡mírame! Te deseo de una manera abrumadora, de todas las formas posibles. Quiero que seas mi compañera ahora y siempre, pero no debo. Di mi palabra.
   —¿A quién? ¿A tu padre? —preguntó sorprendida.
   —A Laya.
   —¿Ella... lo sabía?
   —Creo que todos lo saben —musitó.
   —¿Desde cuándo?
   —No lo sé. Desde siempre supongo. Es evidente lo que siento por ti.
   —¡Pues parece que para mí no! —replicó enfadada —Todos lo saben menos yo. Es la historia de mi vida. Parece que siempre vosotros sabéis todo y yo nada. Es como si viviese en la más profunda ignorancia. Me siento tan aislada...
   —Alma... yo... Yo siento algo muy profundo hacia ti. Créeme —confesó en voz baja logrando que su cálido aliento la nublara de nuevo.
   —¿De verdad? —preguntó embargada por un sentimiento de esperanza.
   Él asintió. Sus cuerpos de nuevo se habían acercado sin percibirlo. Era como si de una forma extraña e inconsciente se acercasen el uno al otro regalándose caricias disimuladas. Le miró a los ojos y volvió a ver el deseo dibujado en ellos. No lo pensó ni lo dudó, tal vez él hubiese prometido no besarla pero ella no había hecho ninguna promesa.
   Se alzó de puntillas rodeando su cuello con sus largos brazos y entrelazándolo a ella acercó sus labios inexpertos a los suyos sin saber que más hacer excepto dejarlos allí, sobre los suyos suaves y tersos. El contacto con sus labios fue impactante. Su interior se revolvió inquieto avisándola de que lo que hacía estaba mal. Sintió un dolor agudo en la espalda como si se rasgara desde dentro, no sabía qué sucedía. ¿Sería normal? ¿Besar a un chico era así? Trataba de alejarse para aplacar el dolor pero David la aferraba con fuerza de la cintura, la alzó y la oprimió contra su pecho desbocado. Su boca hambrienta se apoderó de la suya dejando muda su protesta.
   David sabía que había perdido el control pero no era capaz de controlarse por más tiempo. Sentir sus labios delicados, suaves y dulces sobre los suyos había sido superior a su fortaleza. La besaba insistentemente invitándola a unirse a él. Con su lengua recorría por entero sus labios inexpertos saboreándola, despertándola del letargo en el que vivía.
   Alma cedió a los besos de David y disfrutó de ese beso. Por fin sentía que estaba viva de verdad. El dolor de la espalda se calmó un poco dejando paso al torrente de nuevas emociones que la consumían. Su lengua se volvió osada y jugaba con la de David saboreando a su vez su boca masculina y dejando que los fluidos se mezclasen. Nada parecía ser suficiente, necesitaba más, quería más. Sus besos se hicieron más intensos como el calor que había entre ambos. Alma era de David. Se entregaría a él si la aceptaba porque no podía imaginar que hubiese nada mejor que estar entre sus brazos, siendo torturada por su boca para siempre.
   Para siempre
   Esas palabras se repitieron en su mente como un eco lejano. Una sensación de desasosiego de un vago recuerdo de otros labios, otros brazos.
   David notó que algo no marchaba bien y se apartó bruscamente de ella dándole su musculosa espalda. Tratando de controlar el sentimiento que había prendido en él. Respiraba agitado, sus hombros se movían furiosos tratando de calmarse. Estaba muy afectado, había cedido por ella.
   —¡No puedo Alma! Se supone que esto no debía pasar entre nosotros. ¡No puedo sentir nada por ti! Soy tu protector y si dejo que estos sentimientos crezcan, no podré hacer bien mi trabajo.
   —¿Eso soy para ti? —preguntó con la voz rota —¿Un trabajo? ¿Una misión que te ha sido encomendada?
   —Tú no lo entiendes Alma, aún es pronto. Acabarás comprendiéndolo todo.
   No, no sé nada. Estoy harta de que siempre me mantengáis al margen, que siempre me digáis que es pronto, que no tengo edad. Mírame. ¡David mírame! ¿Te parece acaso que aún soy esa cría pequeña?
   —No, no lo pareces —resopló.
   —Sabes que soy capaz de ganarle a todos los del Clan incluyéndote a ti con una espada—reprochó enfadada.
   —¿Qué más necesito hacer para ganarme el respeto de todos?
   —No, no es eso, Alma. Tú, yo… lo siento. No puedo decirte más... No hables de esto con nadie porque nunca tendría que haber sucedido. Hasta mañana pequeña —su voz sonaba triste.
   Se marchó dejándola desamparada, frustrada y enojada.
   Esa noche, se fue a la cama arropada por el manto grueso de las lágrimas que desbordaban sus ojos. Él la había herido, solo era una misión para él. Un objetivo a cumplir. Estaba destrozada y entre lágrimas y sollozos se quedó dormida. Esa fue la primera noche que soñó.